En 1650 llegaba a tierras venezolanas el primer grupo de misioneros capuchinos y, después de salvar ciertas dificultades, se hacían uno con las gentes de estas tierras, especialmente, con diversas etnias indígenas. Fue un trabajo colaborativo y en el que las aportaciones fueron múltiples y variadas. Con los movimientos insurgentes, la batalla de Carabobo y la llegada de la Independencia, las misiones serán suprimidas y los misioneros tendrán que abandonar el territorio y, un grupo significativo de ellos, incluso perderá la vida. Esto trajo consigo que, en ese momento, se perdiera gran parte del trabajo hecho hasta ese momento.
Años después vendría la restauración de la Orden capuchina en Venezuela, un proceso lento, que tendrá que lidiar con los gobiernos liberales. Por suerte, el ideal misionero clásico de «misionero, capuchino y santo», volverá a cautivar a nuevas generaciones de misioneros hasta el presente.
Así, cuando se celebra el centenario del Centro Misional de Araguaimujo, una presencia que se convirtió en una oportunidad para muchos waraos del Delta del Orinoco; cuando estamos conmemorando también los ochenta años de la fundación del Centro Misional del Tukuko, en la Sierra de Perijá y cuando estamos conmemorando el contacto pacífico con los motilones, queremos hacer visible la aportación cultural que acompañó a ese trabajo cotidiano y callado, que dio lugar a estudios etnográficos, lingüísticos, históricos, además de otros.